Cuando Alaska costó 5 centavos la hectárea: la «locura» que cambió la historia
En 1867, Estados Unidos compró Alaska a Rusia por 7,2 millones de dólares, apenas 5 centavos por hectárea. Ajustado a la inflación, hoy equivaldría a unos 156 millones de dólares —alrededor de 1 dólar por hectárea—, una cifra que sigue pareciendo ridícula para 1,5 millones de km² de territorio. La operación fue apodada «la locura de Seward», en referencia a William H. Seward, el secretario de Estado que la negoció.
La prensa de la época se burló, porque para muchos Alaska no era más que un páramo helado, un trozo de hielo sin valor. Nadie imaginaba que aquel «disparate» se convertiría en una de las inversiones más rentables de la historia.
Del hielo al oro negro
A mediados del siglo XIX, el imperio ruso controlaba Alaska, pero mantenerla era caro y complicado, ya que estaba escasamente poblada y era difícil de defender. La Guerra de Crimea (1853-1856) había dejado a Rusia debilitada, y el temor a perder Alaska frente al Reino Unido, que dominaba Canadá, era real.
La venta a Estados Unidos permitió a Rusia obtener dinero rápido y evitar un conflicto, mientras que para el país norteamericano, recién salido de su Guerra Civil, fue la oportunidad de expandir su territorio y su influencia en el Pacífico.
El descubrimiento del verdadero valor
Durante las primeras décadas, Alaska no aportó grandes beneficios aparentes. Pero todo cambió con la fiebre del oro de Klondike (1896), un descubrimiento de yacimientos en la región del Yukón, en la frontera con Canadá, que atrajo a miles de buscadores y generó una enorme riqueza. A partir de ahí, se produjeron otros hallazgos:
- Petróleo y gas natural, hoy pilares de su economía.
- Minerales estratégicos como cobre, zinc, plomo y tierras raras, entre otros.
- Una industria pesquera de talla mundial, con el salmón como emblema.
Alaska también se reveló como un punto estratégico de primer nivel, vital en la Guerra Fría y, en la actualidad, esencial para el control del Ártico como en la rivalidad entre Estados Unidos, Rusia y China por las nuevas rutas que se abren con el deshielo.
Es, además, una fuente de recursos naturales de gran valor y un territorio con una gran importancia internacional. La historia de su compra es un ejemplo fascinante de cómo una decisión económica puede parecer absurda en el presente y convertirse, con el paso del tiempo, en un acierto histórico.
Lecciones que no caducan
- El valor de largo plazo no siempre se ve de inmediato: Lo que parecía un gasto inútil en 1867 se convirtió en un activo estratégico.
- El contexto cambia el valor: En el siglo XIX, el petróleo no era el motor económico que es hoy. Lo mismo puede pasar con minerales o tecnologías emergentes actuales.
- Las críticas inmediatas pueden fallar: La prensa y parte del Congreso ridiculizaron la compra, pero el tiempo dio la razón a los defensores de la operación.
El espejo en el que mirarnos
La historia de Alaska tiene ecos en decisiones que tomamos hoy:
- Venta de sectores estratégicos e infraestructuras energéticas a fondos extranjeros y grandes corporaciones privadas.
- Privatización de recursos hídricos en zonas con riesgo de sequía, comprometiendo su acceso y control público.
- Cesión de derechos sobre materiales críticos indispensables para la transición energética, como el litio, el cobre, el níquel, el cobalto o las tierras raras.
Puede que en 50 años estas decisiones nos parezcan tan insensatas como vender Alaska por unos centavos.
Nuestra propia Alaska
«La locura de Seward» enseña que las inversiones estratégicas no siempre se entienden en el momento. Hoy, Alaska es riqueza, poder geopolítico y seguridad de recursos para Estados Unidos.
Quizá, dentro de un siglo, alguien escriba sobre una decisión que tomamos en el presente y la recuerde como la Alaska de nuestro tiempo. La pregunta es si la estaremos vendiendo ahora mismo sin darnos cuenta.
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