Economistas, ¿quién tiene razón?
Cuando dos economistas debaten, parece que hablan en otro idioma. Lo normal es no entender nada y quedarse con la sensación de estar perdido. Créeme, le pasa a casi todo el mundo.
La economía, a diferencia de la física o la química, no tiene la capacidad de ofrecer respuestas concluyentes por ser una ciencia social moldeada por teorías, ideologías y, sí, también intereses políticos. Por eso, intentar entender quién tiene razón, qué decisiones son mejores o qué propuestas tienen más sentido, puede parecer como descifrar un acertijo. Vamos a aclararlo.
El arte de la manipulación económica
La economía tiene un problema: es fácil de manipular. Quizá pienses: «¡A mí no me engañan, menudo lince soy!». La realidad es que, a través de tertulias, artículos y declaraciones, muchas veces se simplifican cuestiones complejas para hacerlas más atractivas o convenientes. De hecho, los invitados a ciertos espacios suelen ser elegidos no por su conocimiento, sino por su habilidad para reforzar una narrativa concreta.
Por ejemplo, en lugar de explicar cómo una crisis económica tiene causas profundas y múltiples, es más fácil lanzar frases que apelan a la emoción, como «el Estado despilfarra» o «hemos vivido por encima de nuestras posibilidades». Suenan contundentes, ¿verdad? En realidad, estas expresiones sirven para condicionar lo que piensa la ciudadanía, desviando la atención de las causas reales de los problemas económicos.
¿El objetivo? Que aceptes políticas que, muchas veces, no juegan a tu favor. Porque, al final, una sociedad desinformada es más fácil de controlar.
La economía no es neutral
A diferencia de las matemáticas, la economía no es completamente imparcial. Ningún economista lo es. Cada profesional opera desde un marco teórico y, aunque no siempre se admita, también desde sus creencias y valores. Hay quienes defendemos que la justicia social y la reducción de la pobreza deben estar en el centro, con la convicción de que la economía ha de poner a las personas y al planeta en primer lugar. Otros, en cambio, ponen el énfasis en el crecimiento económico, incluso cuando aumenta la desigualdad y se deterioran los ecosistemas. Por eso, los economistas deberíamos ser transparentes sobre nuestros valores, porque reconocer esta subjetividad es un paso esencial para promover un debate honesto y constructivo.
Además, vivimos en un mundo donde el neoliberalismo lleva la batuta desde hace décadas. Esta corriente plantea reducir el papel del Estado, privatizar servicios esenciales y desregular mercados, confiando en que el «libre mercado» traerá mejores resultados. Sin embargo, en la práctica, esas políticas han favorecido sobre todo a las élites económicas, han ampliado las desigualdades y han acelerado la degradación social y medioambiental.
¿Has notado cómo servicios básicos como la sanidad o la educación se convierten en derechos cada vez menos accesibles? ¿O cómo grandes corporaciones contaminan ríos, mares y atmósfera sin apenas rendir cuentas? Esto no es casualidad. Es el resultado de priorizar beneficios privados sobre el bienestar colectivo.
Ahora bien, el neoliberalismo no es la única forma de entender la economía. Aunque domina el discurso económico actual, existen otras visiones que desafían este modelo y ofrecen alternativas más inclusivas y equitativas. Entre las más relevantes destacan el poskeynesianismo, la teoría monetaria moderna y la economía ecológica, sin olvidar otras propuestas emergentes como el decrecentismo o la economía del bien común.
Por ello, las interpretaciones de los problemas económicos pueden variar ampliamente dependiendo del enfoque teórico y de los intereses en juego.
Entonces, ¿por qué no nos ponemos de acuerdo?
Imagina una montaña fotografiada desde distintos ángulos. En una imagen parece suave y accesible, en otra empinada e imponente. La realidad es la misma, pero la perspectiva cambia por completo. Esa diferencia de mirada explica por qué las escuelas de pensamiento económico se fijan en aspectos distintos y, por eso, ofrecen soluciones tan diferentes ante un mismo problema.
Un keynesiano defenderá el gasto público como solución a una crisis, mientras que un monetarista pedirá recortar el dinero en circulación para controlar la inflación.
El primero argumentará que, en momentos de recesión, el Estado debe aumentar su inversión para estimular la demanda y reactivar la economía. El segundo se centrará en contener la inflación reduciendo la cantidad de dinero en circulación, ya que para esta visión la inflación es principalmente un fenómeno monetario. Sus enfoques difieren porque parten de teorías y prioridades distintas.
¿Otro motivo? Los datos.
En economía, rara vez los datos son claros y definitivos. Esto da lugar a interpretaciones que reflejan no solo teorías, sino también los fines que persigue cada uno. Algunos economistas trabajan para grandes empresas o partidos políticos; otros buscan un cambio social. Es como una partida de ajedrez, cada jugada responde a una estrategia.
Un ejemplo lo encontramos durante la crisis financiera de 2008, cuando algunos economistas y líderes políticos apoyaron la austeridad, promoviendo recortes en gasto público y aumentos de impuestos para reducir déficits. En Europa, muchos gobiernos aplicaron estas políticas, aunque estas medidas agravaron la recesión en las economías más vulnerables. En contraste, otros defendieron el estímulo fiscal, apostando por aumentar el gasto público para reactivar la economía, como hizo Estados Unidos con sus medidas expansivas. Ambos enfoques partían de la misma información, pero las interpretaciones, las bases teóricas y los intereses que guiaban cada decisión llevaron a resultados y consecuencias muy distintas.
Estas diferencias no solo ilustran la riqueza de la discusión económica, sino también sus limitaciones. Cada teoría propone soluciones basadas en supuestos que no siempre se ajustan a la realidad, lo que explica por qué los economistas, incluso frente a la misma evidencia, pueden llegar a conclusiones opuestas.
La economía y el contexto, aliados inseparables
Entender de economía no consiste en aprender reglas de memoria, sino en saber aplicarlas según el contexto. El caso del salario mínimo ilustra bien esta idea.
Para algunos, subirlo mejora la vida de los trabajadores, reduce la pobreza y fomenta una economía más equitativa. Para otros, puede generar desempleo, especialmente en sectores de bajos ingresos. Ambas posturas pueden apoyarse en datos, pero las conclusiones dependen de qué se priorice y de los valores detrás del análisis.
¿Quién tiene razón? Depende del momento, del lugar, de las circunstancias y de los objetivos que queramos como sociedad. Lo mismo ocurre con las políticas fiscales, las regulaciones del mercado o las medidas anticrisis. Su efecto no es bueno ni malo por sí mismo. Una medida que funciona en un contexto puede ser ineficaz o incluso perjudicial en otro.
Esta falta de consenso también se debe a la propia naturaleza de la economía y a que los sistemas económicos son complejos y cambian constantemente, lo que dificulta hacer predicciones precisas.
Los economistas no podemos experimentar en condiciones controladas como los científicos en un laboratorio. En su lugar, analizamos eventos históricos o utilizamos modelos teóricos que simplifican la realidad. Pequeños cambios en los supuestos de estos modelos pueden llevar a resultados radicalmente diferentes.
Para el público en general, esta diversidad de opiniones puede ser desalentadora. Escuchar a dos expertos en materia económica con puntos de vista opuestos puede dar la impresión de que no es posible saber quién tiene razón. Esto, a su vez, abre la puerta a quienes buscan influir en la opinión pública para favorecer sus propios intereses.
Cinco consejos para no perderse en el laberinto económico
Acercarnos a la economía no tiene que ser un rompecabezas. Aquí tienes cinco claves para desentrañar los debates económicos sin perderte:
Haz preguntas incómodas: No te conformes con lo que te dicen; cuestiona siempre. Cuando escuches una propuesta económica llamativa, como bajar impuestos o recortar gasto público, pregúntate quién se beneficia realmente de esto. Aunque a veces se presente como algo positivo para todos, hay ganadores y perdedores.
Consulta fuentes diversas: No te quedes con un solo medio; explora diferentes perspectivas. Ver la realidad desde varios ángulos te permite notar patrones, detectar posibles sesgos y, sobre todo, formar una opinión más equilibrada y crítica.
Aprende lo básico: No necesitas ser un experto, pero conocer conceptos fundamentales como inflación, déficit o PIB te dará herramientas para analizar con más criterio lo que escuchas.
Pon las cosas en contexto: Ninguna política económica es buena o mala de forma absoluta. Su efecto depende del momento, del lugar y de cómo encaje con las prioridades de cada sociedad. Lo que ayuda a un país puede ser perjudicial en otro.
Desconfía de las generalizaciones: Frases como «el mercado se autorregula» suelen ser simplificaciones que no explican la realidad y que se usan como atajos para evitar un análisis profundo y sensato.
Economía y ética
El escritor y economista José Luis Sampedro decía que hay dos tipos de economistas, los que trabajan para hacer más ricos a los ricos, y los que luchan por hacer menos pobres a los pobres. Esta frase no solo resume un dilema ético, sino que invita a reflexionar sobre qué tipo de sociedad queremos construir.
En última instancia, cualquier análisis económico debe considerar no solo su eficacia técnica, sino también sus implicaciones sociales y morales.
La economía, aunque compleja, está al alcance de todos si la abordamos con ganas de aprender y una visión reflexiva. Así que la próxima vez que escuches a dos economistas en desacuerdo, recuerda que más que buscar quién tiene razón, trata de entender qué intereses están en juego. El objetivo es comprender cómo las políticas económicas afectan a nuestras vidas y qué podemos hacer para contribuir a un futuro más justo.
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