No es otra crisis del petróleo. Es una señal de lo que viene
Hay momentos en la historia en los que una guerra, una subida de precios o un conflicto que parece lejano no crean el problema, solo lo dejan al descubierto.
En las últimas semanas, la escalada de tensiones en Oriente Medio, con los ataques de Estados Unidos e Israel a Irán y la respuesta de este último, ha terminado provocando un escenario que durante años se consideró extremo, el cierre del estrecho de Ormuz. Un punto del mapa que, hasta hace nada, a muchos nos pasaba desapercibido, pero por el que circula buena parte de la energía que mueve el mundo.
No es, por tanto, únicamente una guerra más en una región inestable. Es el tipo de evento que actúa como una piedra lanzada a un lago aparentemente tranquilo y que, de repente, deja ver que el agua no era tan profunda como pensábamos.
Por eso no estamos ante una simple subida del precio de la energía.
Cuando se descubrió que todo dependía del petróleo
Aunque el contexto hoy es distinto en bastantes aspectos, no es la primera vez que la economía se enfrenta a un shock energético. Para entenderlo mejor, retrocedamos hasta 1973.
En aquel momento se produjo un cambio que marcó un antes y un después. Varios países productores de petróleo decidieron cerrar el grifo como forma de presión política en medio de tensiones internacionales muy fuertes. No lo hicieron por completo, pero sí lo suficiente como para que el mundo industrializado recibiera un golpe serio. Básicamente, se dieron cuenta de algo que hasta entonces habían pasado por alto. Su prosperidad dependía de un recurso que no controlaban, y cuando comienza a faltar, el sistema empieza a resquebrajarse.
Los precios se dispararon, la actividad económica se frenó, el paro empezó a subir y, al mismo tiempo, la inflación se aceleró. Esto dejó bastante descolocados a los economistas de la época. Pensaban que si la economía iba mal, los precios bajarían, y que si subían, era porque crecía.
Pero de repente ocurrió algo que no encajaba en ese esquema. La economía se frenaba y los precios subían al mismo tiempo. Es como si tu coche empezara a perder velocidad mientras el consumo de gasolina aumenta sin parar. No tiene mucho sentido a primera vista, ¿verdad? Pues a eso se le puso el nombre de estanflación. Un término un poco feo, la verdad, pero bastante descriptivo. Viene de mezclar «estancamiento» con «inflación». Es decir, una economía que no avanza pero en la que todo es cada vez más caro.
Este episodio nos enseñó que la economía no es un sistema abstracto que funciona en una pizarra, sino algo más tangible que necesita energía para ponerse en marcha, transportar mercancías, producir, cultivar alimentos y, en definitiva, para que todo se mueva. Y cuando esa energía falla o se encarece, todo lo demás se tambalea.
Parecía que el problema estaba resuelto
Después de lo ocurrido en los años setenta hubo una reacción internacional. Se mejoró la eficiencia energética, es decir, se empezó a hacer más con menos energía. También se buscaron nuevos proveedores para no depender tanto de unos pocos países y se crearon reservas estratégicas por si volvía a pasar algo parecido.
Pero, más allá de eso, poco a poco se acabó imponiendo una idea tan sutil como importante, la de que había sido un susto puntual, un problema concreto en un momento determinado. Como cuando tienes un asunto pendiente, lo solucionas… y decides no volver a pensar demasiado en él.
A partir de ahí, la economía siguió creciendo y se fue haciendo cada vez más compleja.
Más global, con productos que cruzan medio planeta antes de llegar a tus manos. Más rápida, con cadenas de suministro que apenas dejan margen de error. Y más sofisticada, apoyada en tecnología, finanzas y una sensación de control.
Todo ello parecía indicar que habíamos superado aquel límite y que el petróleo era ya solo un aviso que no nos condicionaba. Sin embargo, no habíamos eliminado el problema. Lo que hicimos fue desplazarlo hacia adelante en el tiempo, confiando en que no volvería a molestarnos demasiado o en que, cuando llegara el momento, ya encontraríamos cómo abordarlo.
Y parece que ese momento ha llegado.
El aviso más reciente que pasó desapercibido
Entre 2021 y 2023, Europa vivió una crisis energética importante, en gran parte por la ruptura de suministros tras la pandemia y por la invasión rusa de Ucrania. Esto puso en evidencia hasta qué punto dependíamos del exterior para algo tan básico como el abastecimiento energético y dejó al descubierto una fragilidad estructural.
Es decir, no estamos ante un problema que dependa de un momento concreto, sino de cómo está construido el sistema, algo que está presente incluso cuando todo parece funcionar correctamente.
De repente, el gas subió con fuerza, la electricidad se encareció y los fertilizantes y los alimentos no tardaron en seguir el mismo camino. Porque cuando la energía sube de precio, no solo lo hacen la gasolina o el diésel, sube prácticamente todo.
La energía está en el transporte, en la agricultura, en la industria, en la fabricación de materiales y en la logística que lleva productos de un lado a otro del mundo. Es como la sangre del sistema económico, no se ve, pero lo recorre todo, y por eso, cuando falta, el impacto no se queda en un sector, se contagia.
Por qué esta vez es diferente
Hasta aquí podríamos pensar que estamos repitiendo la historia. Pero hay un matiz que lo cambia por completo. No partimos del mismo punto. Han pasado más de cincuenta años y el margen de maniobra es cada vez menor.
Somos más eficientes que en la década de los setenta, sí, pero también cada vez más dependientes de cadenas de suministro que atraviesan continentes, de redes logísticas con poca tolerancia al error y de materiales y procesos industriales complejos. A todo ello se suma un sistema financiero que amplifica cualquier tensión, con unas condiciones cada vez más exigentes también en términos ambientales.
Antes, el problema era el petróleo. Hoy lo sigue siendo, cada vez más escaso y difícil de extraer, con efectos que van mucho más allá.
Cuando la escasez deja de ser teórica
Durante años, la economía dominante ha tratado estos problemas como si fueran temporales, como si bastara con ajustar precios, subir tipos de interés o esperar a que el mercado se equilibre… y tema resuelto.
Pero hay algo que no responde a esa lógica. La escasez física.
Si hay menos energía disponible, o si es mucho más cara, la economía no puede funcionar igual. Simplemente faltan recursos. Es como intentar cocinar para diez personas con comida para dos. Puedes repartir de otra manera, incluso priorizar. Pero no puedes hacer aparecer lo que no existe.
Es una cuestión material. Estamos hablando de quién accede a la energía, a lo básico y quién empieza a tener más dificultades. Es decir, sin darnos cuenta, pasamos de un problema técnico a uno social.
El mercado no crea recursos, decide quién accede
Muchas veces habrás oído —y seguramente más de una vez— que «el mercado se regula solo» o que «los precios ya pondrán las cosas en su sitio». Suena bien, es sencillo e incluso tranquiliza, pero no es así. Cuando hay escasez de verdad, el mercado no crea energía de la nada, no fabrica petróleo ni gas por arte de magia ni multiplica los recursos cuando empiezan a faltar, sino que hace algo mucho más terrenal. Decide quién puede pagar y, en realidad, no elimina el problema, solo lo distribuye.
Quien tiene más recursos sigue accediendo, aunque sea a precios más altos. Quien va más justo empieza a recortar. Y quienes no pueden asumir esos precios directamente se quedan fuera. Es como si en medio de una sequía el agua empezara a subastarse. El problema no desaparece, cambia de manos.
Ya no estamos hablando solo de precios, de oferta y demanda o de gráficos. Estamos hablando de quién puede calentar su casa, quién puede llenar el depósito, quién puede mantener su negocio, o de quién llega a fin de mes y quién no.
Un error de diagnóstico
Si miramos hacia atrás, aquel periodo nos dejó la lección de que la energía importa. Y mucho.
Pero la respuesta que se dio fue, en gran medida, intentar mantener el mismo modelo, confiando en que la tecnología y el mercado resolverían cualquier barrera. Y, durante un tiempo, pareció que funcionaba. La economía siguió creciendo, se innovó, se mejoraron procesos, se diversificaron las fuentes de energía y, pese a las crisis financieras que se han ido sucediendo, daba la sensación de que esa cuestión había quedado atrás.
Visto con perspectiva, lo que hicimos no fue tanto resolverla como aprender a convivir con ella sin mirarla de frente. Y ahora empezamos a ver que esos límites no han desaparecido.
No se han ido a ningún sitio. Solo han estado esperando.
Lo que tenemos delante
Si los problemas energéticos se intensifican —y todo apunta a que van en esa dirección— no estaremos ante una crisis más de las que aparecen y desaparecen dentro del ciclo económico, sino ante algo de más calado. Un ajuste entre lo que la economía quiere hacer y lo que el mundo físico realmente permite.
Vivimos en una realidad mucho más compleja, interconectada y dependiente, en la que la energía no solo puede desordenar la economía, sino desordenarlo todo.
Pero quizá la clave no sea tanto preguntarnos cómo volver a la normalidad, sino qué tipo de normalidad era esa y si tiene sentido reconstruirla tal cual o, por el contrario, empezar a repensar de verdad cómo vivimos, consumimos y nos relacionamos con el entorno del que formamos parte.
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