El peligroso magnetismo de las criptomonedas

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El lugar de las criptomonedas dentro de una estrategia de inversión

Seguramente te suene la escena.

Un amigo te dice que ha comprado criptomonedas. Y te preguntas, con toda lógica, cómo ha acabado alguien ahí que sabe de bolsa tanto como tú y yo de instalar una caldera.

Pero no es casualidad. Durante años se ha vendido la idea de que ese tren solo pasa una vez y que quedarse fuera equivale a perder la oportunidad de tu vida.

Las criptomonedas tienen un relato seductor. Prometen que cualquiera puede ganar mucho sin depender de bancos ni gobiernos y conectan con el anhelo humano de encontrar una vía rápida para escapar de la incertidumbre económica. Además, se envuelven en un aura tecnológica que les da un barniz de modernidad, de modo que, si a eso le sumamos campañas agresivas en redes, promesas de libertad financiera y testimonios muy bien escogidos, el resultado es un fenómeno de masas.

Si te preguntas qué está pasando, basta con mirar las dos grandes crisis que ha vivido este mercado para entender por qué estamos ante un activo altamente especulativo que no debería ser la base de la inversión de la mayoría, y mucho menos el único en el que depositan sus ahorros.

La primera gran caída: la burbuja de 2017

La primera gran sacudida llegó cuando Bitcoin, la más conocida de las criptomonedas y nacida apenas ocho años antes, en 2009, empezó a aparecer en todas partes. El precio se disparó y cada día parecía confirmar la idea de que aquello solo podía ir en una dirección. El entusiasmo se contagió y mucha gente entró sin pensarlo demasiado, empujada por el temor a quedarse fuera de la fiesta.

Durante un tiempo, este ciclo se retroalimentó. Subía porque entraba dinero nuevo, y ese dinero entraba porque el precio subía. Mientras ese círculo se mantenía, todo parecía funcionar.

Hasta que dejó de hacerlo.

De un día para otro, la burbuja estalló y los precios iniciaron un desplome que se prolongó durante todo 2018. Entre enero y diciembre de ese año, Bitcoin llegó a caer un 80 % y la mayoría de las demás criptomonedas perdieron entre el 90 % y el 99 % de su valor.

Quienes habían comprado en la fase final alcista se quedaron atrapados en enormes pérdidas sin entender bien qué había pasado. Aquello fue una primera llamada de atención, un recordatorio de que el valor de estos activos depende en gran medida de que otros sigan confiando en que su precio continuará subiendo.

La segunda crisis: el derrumbe de 2022 y la caída de gigantes

Años después llegó un terremoto todavía más sonado. Empezaron a desmoronarse nombres que, hasta entonces parecían intocables, como Terra-Luna, Celsius, BlockFi y FTX. Proyectos y plataformas que se vendían como sólidos, modernos y seguros, y que de repente se vinieron abajo.

Quienes habían confiado su dinero descubrieron que no solo estaban expuestos a la volatilidad del precio, sino también a la fragilidad de las propias infraestructuras en las que habían confiado. Exchanges (plataformas digitales donde se compran, venden o custodian criptomonedas) que congelaban retiradas, bloqueaban fondos o acababan desapareciendo sin que los usuarios pudieran hacer nada.

No solo dependían del mercado. También del intermediario.

Una parte del ecosistema estaba montada con prisas, poca transparencia e incentivos que beneficiaban más a las propias estructuras que a sus clientes. Y cuando el viento cambió, no había red.

El golpe arrastró a millones de pequeños inversores. Muchos creían estar participando en una revolución tecnológica cuando, en la práctica, estaban asumiendo riesgos muy parecidos a los de un casino. Se minimizaron peligros y se exageraron promesas.

Bitcoin llegó a perder más de un 70 % desde sus máximos y muchas otras criptomonedas se desplomaron más de un 95 %, prácticamente borrándose del mapa.

Pero ¿por qué tanta gente decidió entrar sin entender bien dónde se estaba metiendo?

Cuando falta formación y sobra riesgo

Estos episodios sacan a la luz que la mayoría de la población no tiene una formación sólida en finanzas. Y no lo digo como reproche, porque es comprensible en un contexto donde no todo el mundo ha tenido acceso a una educación financiera básica.

Cuando algo no deja de subir y todo el mundo habla de ello, mantenerse al margen no resulta fácil. El miedo a quedarse fuera termina pesando más que la prudencia, y las historias de quienes han ganado se comparten mucho más que las de quienes han perdido, lo que acaba distorsionando la percepción del riesgo.

Resulta llamativo que muchas personas no se atreven a invertir en algo sencillo, pero sí deciden destinar sus ahorros a un activo extremadamente volátil y especialmente expuesto a la manipulación de grandes jugadores.

Por eso, antes de dejarte llevar, merece la pena detenerse y preguntarse si comprendes el terreno que estás pisando.

Ordenar las inversiones

Te propongo una idea sencilla para situar todo esto, la pirámide del riesgo. No es más que una manera de clasificar los activos según la exposición que asumes.

En la base se encuentran las opciones más estables, orientadas a proteger el capital y aportar tranquilidad, como la liquidez, los depósitos o los productos de perfil conservador.

Un escalón por encima aparecen inversiones de riesgo medio, como acciones de empresas consolidadas o fondos bien diversificados, incluidos los indexados, que replican un índice de mercado. Siguen teniendo altibajos, aunque la exposición se reparte mejor y el horizonte suele ser a unos cuantos años vista.

En la parte alta encontramos los activos más volátiles y especulativos, como estrategias de alto riesgo, productos complejos y también los criptoactivos, donde el potencial de ganancia es elevado, pero también el de pérdida, que incluso puede materializarse con gran rapidez.

El problema aparece cuando se invierte la pirámide, es decir, cuando alguien coloca en la cúspide la mayor parte de su dinero. O peor, cuando convierte ese tipo de activo en su única opción y termina atrapado.

Por qué invertir en criptomonedas es especialmente arriesgado

Las criptomonedas no son una inversión más. Aunque puedan tener cabida en una pequeña parte de tu cartera (es decir, del conjunto de inversiones que tengas), presentan características que las hacen especialmente arriesgadas para la mayoría.

El primer problema es estructural. Estos mercados son, en esencia, descentralizados y escasamente regulados. No existe una autoridad pública que los supervise de forma efectiva, no hay garantías legales comparables a las de otros activos financieros y la protección al inversor es prácticamente inexistente. Nadie respalda una criptomoneda del mismo modo que un Estado respalda su deuda o una empresa responde con su balance. Si algo falla, te quedas solo.

A esto se suma su extrema volatilidad, que hace que su precio pueda subir o desplomarse en cuestión de horas. No generan flujos de caja, no reparten dividendos ni producen bienes o servicios. Su valor depende casi exclusivamente de que alguien esté dispuesto a pagar más mañana y no hay nada que obligue a que eso ocurra. Esta dinámica, por definición, implica un riesgo muy elevado.

Y no hablamos de sustos puntuales. En este mercado ya hemos visto en distintas ocasiones caídas cercanas al 50 % en periodos relativamente cortos. No es la excepción, es el patrón. Además, no todos los criptoactivos reaccionan igual, mientras algunos se recuperan, otros pueden quedar prácticamente sin valor en muy poco tiempo. Y para muchos ahorradores, una montaña rusa así no encaja con una estrategia de inversión sensata.

A todo esto se añade el riesgo operativo. En muchos casos, estos activos no se custodian directamente, sino a través de servicios cuya solidez, transparencia o seguridad no siempre están garantizadas, lo que añade una capa adicional de vulnerabilidad.

Otro elemento preocupante es el perfil que ha accedido a este mercado, ya que muchas personas llegan sin entender bien qué compran, cómo se custodian ni qué riesgos reales asumen, algo que también hemos visto en el auge de los NFT, registros digitales que representan la propiedad de archivos como imágenes o vídeos. Esta falta de comprensión ha sido el caldo de cultivo perfecto para burbujas, proyectos sin ningún valor real y, en algunos casos, auténticos esquemas piramidales.

Tampoco suele hablarse de su impacto medioambiental. El proceso de creación, validación y custodia de numerosas criptomonedas requiere un consumo energético muy elevado, con grandes centros de procesamiento funcionando de manera constante y un uso intensivo de electricidad que se traduce en emisiones significativas de CO₂ en plena crisis climática y energética. Estas infraestructuras también necesitan sistemas de refrigeración que en muchos casos implican un consumo intensivo de agua, lo que añade una presión adicional sobre un recurso vital y cada vez más crítico.

Alrededor de todo esto ha crecido un negocio paralelo muy rentable. Cursos de dudoso rigor, gurús, influencers y promesas de rentabilidad rápida. En demasiadas ocasiones el objetivo no es enseñar, sino captar y dirigir a plataformas poco fiables, a productos opacos o a sitios donde la comisión del que recomienda importa más que tu dinero.

Y hay que grabarse a fuego que nadie puede garantizarte grandes rentabilidades. Quien lo hace, miente. No hay dinero fácil, y menos aún en un terreno tan volátil.

Tampoco se puede obviar que parte del uso de las criptomonedas se ha vinculado a la ocultación de patrimonio, la evasión fiscal o el blanqueo de capitales, y que en determinados entornos han servido y siguen sirviendo como medio de pago en actividades delictivas de especial gravedad, lo que añade un componente ético y legal difícil de ignorar.

Por último, los fraudes se han multiplicado y han dejado atrapados a miles de pequeños inversores. Casos recientes y conocidos, como el de Libra en Argentina, son solo la punta del iceberg de un problema mucho más amplio.

Lo que sí han aportado las criptomonedas

Para ser justos, detrás del fenómeno cripto hay avances tecnológicos relevantes. La tecnología blockchain, un registro digital compartido que permite verificar operaciones sin necesidad de una autoridad central, ha abierto posibilidades interesantes en el seguimiento de productos, los sistemas descentralizados o los contratos inteligentes.

También han servido para cuestionar el poder concentrado del modelo financiero tradicional y para poner sobre la mesa debates legítimos sobre soberanía monetaria, privacidad o dependencia de intermediarios. Y en casos muy concretos, como en países con un sector bancario frágil o con inflación descontrolada, se han buscado alternativas parciales para proteger el ahorro.

El problema es que esos aspectos han quedado ampliamente superados por la dinámica que ha terminado imponiéndose. La promesa de independencia financiera ha derivado muchas veces en especulación pura, fraude y asunción de riesgos desproporcionados.

Aquí aparece el desequilibrio entre unos beneficios posibles, pero limitados y dependientes de la situación, y unos riesgos reales que afectan sobre todo a quien menos margen tiene para equivocarse.

Pensar con calma para no comprometer lo que cuesta tanto ganar

Invertir consiste en saber dónde estás, qué quieres conseguir y qué riesgos puedes asumir. Las criptomonedas, como mucho, pueden ocupar un espacio pequeño y muy controlado dentro de una cartera bien distribuida, pensada a largo plazo, pero no deberían convertirse en el eje principal de un plan de ahorro e inversión.

Este texto no pretende señalar a quien se adentra en el mundo cripto, sino recordar que la cautela y la formación son la mejor vacuna contra decisiones mal fundamentadas. Las promesas de dinero fácil casi siempre vienen con letra pequeña que pasa desapercibida.

Las crisis de estos años deberían servir para entender la fragilidad de un activo cuya valoración depende mucho del clima emocional, de la especulación y de la capacidad de unos pocos para mover el mercado.

Invertir de forma sensata suele ser más aburrido, sí. Pero también suele ser más seguro que dejarse deslumbrar por lo que brilla demasiado.

Este artículo tiene un propósito exclusivamente informativo y educativo. No constituye asesoramiento financiero, de inversión ni legal. Cada decisión debe valorarse en función de la situación personal y los objetivos de quien la adopta.

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