Petróleo, poder y el espejismo del libre mercado
En estos días, a raíz de lo ocurrido en Venezuela, han surgido conversaciones, incluso con mi propio hijo, sobre cómo interpretar esta situación. ¿Qué está pasando en el mundo para que Estados Unidos se permita bombardear un país, causar decenas de muertos y llevarse por la fuerza a su presidente en un momento como este?
Europa reacciona con una mezcla de tibieza y sumisión, incluso cuando desde Washington se señalan abiertamente territorios estratégicos como Groenlandia, perteneciente a Dinamarca, por su valor geopolítico y por el control futuro de recursos críticos. En un contexto de declive energético y de base material, el poder vuelve a expresarse sin disimulos.
Para entender la dinámica global hay que partir de lo que sostiene cualquier economía moderna, la energía. Y desde ahí, revisar críticamente uno de los grandes dogmas de nuestro tiempo, el relato según el cual el «libre mercado» debe regir la economía mundial.
La energía, el verdadero motor de la economía
Sin ella no se mueven los camiones, no funcionan las fábricas, no se cultiva comida de forma intensiva ni llegan los servicios básicos a nuestros hogares.
La economía no es solo dinero y balances, es sobre todo trabajo humano, maquinaria e infraestructuras que requieren un aporte constante de energía primaria.
Durante más de un siglo esa aportación ha venido fundamentalmente del petróleo. Su abundancia y bajo coste permitieron un crecimiento industrial acelerado, la expansión de los intercambios comerciales y la construcción de ciudades, carreteras y puertos a gran escala. Esa etapa generó la sensación de que el crecimiento podía prolongarse indefinidamente.
El problema es que esa base empieza a fallar. El petróleo no va a desaparecer de un día para otro, pero cada nuevo barril es más difícil de extraer, más caro y más contaminante. Y cuando la energía deja de ser barata y abundante, el sistema económico se resiente, porque absolutamente todo depende de ella.
El relato del libre mercado
Durante décadas se nos ha repetido que, si dejamos actuar a los mercados, todo acaba encajando por sí solo de la manera más eficiente. Sin embargo, basta observar cómo se organizan los sectores más importantes para comprobar que no operan así.
En la práctica, los mercados nunca han sido completamente libres; están atravesados por el poder político, militar y financiero. La famosa mano invisible que aparece en los manuales de economía es, cuando uno mira los hechos, cualquier cosa menos invisible. Se ve muy bien en ámbitos tan básicos como la energía, los minerales, la tecnología o los alimentos. Ahí no hay solo compradores y vendedores, hay especulación financiera, sanciones, ayudas públicas, acuerdos entre gobiernos, controles de precios y, cuando hace falta, incluso el uso de la fuerza.
Si el libre mercado existiera en sentido estricto, cualquier país podría vender sus recursos a quien quisiera, en la moneda que eligiera y al precio que pactara. Pero la experiencia muestra algo muy distinto.
La administración estadounidense lleva años usando su poder financiero y diplomático para bloquear o dificultar acuerdos que no pasan por su órbita. Esto se observa con el petróleo venezolano que se vende a China, con los acuerdos energéticos entre Rusia y Europa que quedaron en el aire tras la destrucción del gasoducto Nord Stream, o con los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) que intentan reducir su dependencia del dólar.
En estos casos, el mercado funciona solo mientras no se cuestionan los intereses estratégicos del actor hegemónico. Cuando eso sucede, ese supuesto orden neutral desaparece y la «eficiencia» muestra su verdadera función, concentrar poder.
Y esto no ocurre solo a nivel internacional. Incluso en países como España, en sectores determinantes de la economía, ese mismo discurso se parece más a un eslogan que a una descripción fiel de la realidad.
Venezuela como síntoma de un sistema en tensión
El caso de Venezuela es extraordinario por su gravedad, pero no surge de la nada. Es un síntoma adelantado de un sistema que entra en una fase de inestabilidad.
Sucede, además, en un país que concentra las mayores reservas de petróleo del planeta y que reaparece en el centro del conflicto en un momento histórico en el que la energía vuelve a ser un factor decisivo de poder.
Cuando un país con recursos estratégicos intenta diversificar alianzas, vender sus recursos fuera del circuito tradicional o comerciar en otras divisas, deja de ser tratado como un actor económico más. Pasa a ser percibido como un problema. A partir de ahí, la respuesta ya no es comercial. Primero llegan las sanciones, después la asfixia financiera y, si eso no funciona, la intervención directa.
El discurso oficial puede variar, pero el patrón es reconocible. Asegurar el control de suministros energéticos que con el paso del tiempo serán más caros y disputados.
Del papel central al repliegue
Durante décadas Estados Unidos fue el principal defensor del libre comercio. No tanto por convicción ideológica, sino porque le beneficiaba. Dominaba la industria mundial, tenía acceso asegurado a la energía y su moneda era el eje del sistema financiero internacional.
Ese equilibrio se ha ido deteriorando. Tras años priorizando la rentabilidad financiera a corto plazo y deslocalizando su producción, gran parte de su tejido industrial se ha debilitado. El resultado es una economía más dependiente del exterior para componentes esenciales y cadenas de suministro críticas.
En ese marco, EE. UU. no actúa solo desde la estrategia consciente, sino también desde la inercia, el miedo y la pérdida progresiva de control. Cuando el libre comercio deja de servir a sus intereses, deja de defenderlo. Aparecen aranceles, subsidios masivos y controles tecnológicos. No es una ruptura con el modelo anterior, sino su evolución lógica cuando la abundancia da paso a la escasez.
Lo paradójico es que quienes más se presentan como defensores de la libre competencia recurren con rapidez al proteccionismo, a la presión política y a prácticas abiertamente contrarias a los principios democráticos cuando sus intereses se ven amenazados.
Un mundo con límites físicos evidentes
Todo esto ocurre mientras los límites del planeta se vuelven imposibles de ignorar.
La Agencia Internacional de la Energía lleva años advirtiendo de que, sin una reducción planificada del consumo y sin una transición ordenada, el sistema energético está sometido a una creciente volatilidad, a riesgos de interrupciones y a tensiones persistentes en el suministro. Al mismo tiempo, los informes del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, el organismo científico de referencia de la ONU, alertan de que seguir quemando combustibles fósiles nos empuja hacia escenarios más inseguros e inestables, con riesgos crecientes para la vida humana y la estabilidad social.
La transición energética no es una opción, es una necesidad física. Pero realizarla exige enormes cantidades de materiales, mucha energía y una coordinación global difícil de lograr en un mundo cada vez más fragmentado y competitivo, precisamente cuando esa disponibilidad empieza a ser más escasa.
Europa ante un nuevo orden internacional
El continente europeo se encuentra en una posición frágil. Depende del exterior para su energía, del dólar para buena parte de su sistema financiero y de Estados Unidos en el plano militar. En un escenario de rivalidad creciente por recursos escasos, esa triple dependencia la hace especialmente vulnerable, en una lógica que no es exclusiva del viejo continente y que afecta a otros países y regiones.
Al mismo tiempo, el centro de gravedad económico se desplaza hacia Asia. Desde una perspectiva europea, mantener relaciones estables con múltiples socios y reducir dependencias críticas no es una cuestión de afinidad política, sino de seguridad económica.
Algo parecido pasa con el dinero. Mientras el dólar siga siendo la moneda dominante, Estados Unidos conserva una herramienta enorme para imponer sanciones, bloquear pagos y condicionar el comercio mundial. Reducir esa dependencia, usando más de una moneda y más de un sistema de pago, es una forma de recuperar autonomía.
Cuando los mitos chocan con los límites
Al final, el neoliberalismo fracasa porque se apoya en supuestos que no encajan ni con el funcionamiento real de la economía ni con los límites físicos del planeta. La idea de mercados autónomos, ajenos al poder, a la energía y a la coerción, se desmorona cuando los recursos dejan de ser abundantes.
La actividad económica no puede separarse de la energía, ni la política del control de los recursos materiales. Ignorar esos límites no evita las crisis, solo las hace más frecuentes y más profundas.
Mientras obviemos que el funcionamiento de nuestras sociedades está unido a la energía, a la física y al clima, seguiremos sorprendiéndonos por crisis que, en realidad, son perfectamente previsibles.
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